HOMO EST MACHINA: GENESIS

Homo Est Machina - Genesis

Cuan ruinosa es la tierra que en herencia dejamos a nuestros hijos.

No puedo ver más a través de esta ventana que la miseria enraizada, brotando por doquier como una plaga. Por más de doce años han cabalgado los cuatro por estos campos que ahora son de fuego. Del cielo vinieron como dictaban las escrituras, pero nada divino había en ellos, solo una insaciable sed de conquista.

Nunca más, nos prometimos cuando se fueron. Nunca más guerras entre iguales, nunca más en nuestras propias casas, nunca más contra nuestros propios hermanos. Rompimos cualquier frontera que con vergüenza hubiéramos dibujado y apuntamos al oscuro y frio firmamento, más allá de la vista de cualquier ojo o ciencia, en los confines del tiempo y el espacio, ese era el límite, ese era el objetivo, lo imposible.

Nada sanó con más eficacia la demencia del hombre que los silbantes, un enemigo que vio en nuestro odio entre prójimos nuestra mayor debilidad y al que nosotros convertimos en nuestra mayor fortaleza. Unidos como uno solo no existían ya religiones, etnias, o colores en la piel, nada nos dividía, la humanidad privada ya de esperanza lucho suicida y gracias al coraje de una única mujer salió victoriosa.

Eva. La primera mujer, la primera de una nueva humanidad. Descendiendo en las profundas instalaciones hacia su encuentro sabía que el hombre no sería ya una presa temerosa que miraría con recelo las estrellas, amenazada por el regreso de lejanos conquistadores. El destino nos ha dado una nueva oportunidad, como al fénix, de resurgir de nuestras cenizas y lo haremos como colosos, nos convertiremos en la tempestad que sacuda la galaxia. Con el secreto de los heraldos, la voz de los dioses, seremos rectores del cosmos. Seremos la amenaza.

Su cuerpo yacía inerte sobre la cama, su alma era ahora energía que fluía a través de un cable hacia la nueva Eva. La vida de su caduco cuerpo se escapaba lentamente, el nuevo conservaba sus formas pero ni una cosa más. Sus huesos eran ahora titánicos pilares que podían soportar el peso del mundo, su carne era metálica, densa como la roca y su corazón una estrella presa.

Cuando el proceso culminó abrió los ojos, el brillo de sus azules iris, difuminándose entre los mechones negros de su melena era ya intimidante.

-¿Cómo te sientes?

-Nunca me he sentido mejor.

-¿Crees que puedes controlarlo?

Elevó los brazos y los contempló, pudo sentir el inmenso poder que la recorría, cuan atrás habían quedado para ella, en tan solo un instante, las debilidades del hombre, apretó los puños y me dijo:

-Ponme a prueba.

Y eso fue lo que hicimos. Sus sentidos eran infalibles, su fuerza arrolladora, su agilidad felina, su inteligencia sobrenatural. Había nacido la primera mujer de una nueva humanidad, la primera de muchas y con ella la sentencia de todo aquel que osara interponerse ante el hombre.

Que el universo recuerde este día, porque nos hemos convertido en dioses.

***

Esta entrada es una pequeña introducción a mi novela. Aún continúo preparando Distopía, mi intención es mejorar un poco con cada relato y necesito aún tiempo para madurarlo, os agradezco la paciencia.

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Un saludo.

Preparando Distopía y Valhalla.

Espero que hayáis disfrutado con el sueño de Ángela, incluso aquellos que tenéis preferencia por la ciencia ficción. Era una historia que había perfilado hace tiempo y tenía ganas de contar.

El próximo relato pertenece al género de la ficción distópica, como su propio título indica: “Distopía”. Es la historia de una metamorfosis y una guía a través de todo aquello que nos hace humanos.

A estas alturas ya debería estar terminado, por mi nueva forma de trabajar en el blog. Pero he estado liado estos días, y seguramente los próximos, con los primeros capítulos de mi novela “Valhalla”, de la que espero daros noticias pronto.

GIJÓN.

Gijon

Gijón es mi tierra prometida, mi santuario, gigante de hormigón y cemento, centro de flujo de vida en el edén, mar y roca firme, futuro y amor eterno, sonrisa oculta, manos vacías, Gijón. Tiene un imán en su corazón para cada astilla en el mío, Gijón me ama y es mutuo, incluso empujado al destierro en su benevolencia permite que mis pasos inunden sus calles.

Gijón vive, y es la única que me otorgó más de lo que merecía, si la carga de la tristeza era pesada, Gijón siempre equilibraba la balanza. Gijón es mujer y es morena, y dibuja su melena la espuma de las olas que quiebran su costa y yo, que querría conquistar su corazón, viéndome incapaz de ello no me conformaría el mundo.

Gijón es el hogar más cálido para un recuerdo, en él habitan sueños de una belleza inimaginable, en el horizonte, siempre mirando al horizonte, habita también la espuma de un barato licor francés derramado sobre las torres que rodearon un mar, el de sus ojos.

La voz del hijo del verso siempre la escuché en Gijón, en su noche gélida, respirando un aire tan denso que casi es líquido, su tenue, con el tiempo, aroma a fruta roja, fruta de la pasión, que aunque distante presente siempre en algún lugar, me impide que deje de recordarte, porque si Gijón me acuna, desde el crepúsculo hasta el último ocaso estas en mi pensamiento.

Gijón me ofreció un destino que no supe aprovechar y con más pena suya que mía, tuvo que arrebatármelo, tanto como ella a mí, la echo de menos, pero algún día volveré, sin ningún rencor y con orgullo, y es que la amo tanto que es más mía que de nadie porque cuando sea mi hogar y alguien me pregunte, ¿Eres de Gijón? yo responderé: no, Gijón es mía…

JÚPITER CRECIENTE. [Epílogo]

Jupiter Rising Epilogue

La gran mancha roja tiene al menos dos veces el tamaño de la Luna, su suave contoneo no hace inferior que bajo la piel, en lo profundo de sus entrañas haya vientos que podrían partirme en dos.

Doy gracias por estar a este lado del globo, de otra forma no podría disfrutar de tan bello acontecimiento, porque no hay nada más que belleza en cuanto tengo frente a mí. El mar se ha perdido ya en el horizonte en apenas cuestión de horas, imagino que a kilómetros de la costa, una colosal montaña de agua se eleva sobre los océanos.

He sobrevivido más que cualquier otro hombre, lo mismo al menos, y la recompensa es disfrutar de este espectáculo cósmico, sólo lamento no poder quedarme más tiempo para contemplarlo en toda su magnitud, pronto el aire se hará irrespirable.

Vera y mi padre permanecen en casa, bajo techo, quizás esperando que un milagro les salve, seguramente se habrán encerrado en el sótano porque es allí donde más seguros se sienten. Mi padre insistió varias veces en que les acompañara, en pasar el último día juntos, abrazados, recordando a nuestra madre.

Yo no quiero aferrarme a su recuerdo, ni a la idea de que mañana me habré reunido con ella, tampoco quiero prolongar lo inevitable ni fingir hoy que somos aún una familia, cuando a lo largo de más de dos años ni siquiera lo hemos intentado, hoy solo quiero sentirme en paz, en comunión conmigo mismo y con mi asesino.

Las luces del norte comienzan a pintar de color el cielo y las escasas nubes que lo pueblan se retuercen y se estiran hasta desmembrarse atraídas por el abrazo de Júpiter. En la lejanía puede oírse el lamento del planeta, su piel comienza a agrietarse y puedo sentirlo bajo mis pies. Un profundo dolor en el pecho me hace saber que el beso de la muerte no será tan dulce como esperaba, pero aun así me dejo llevar. Júpiter está robando nuestra atmósfera, segando con ello la vida del planeta. La presión cae hasta que un golpe seco y súbito directo al corazón detiene el tiempo.

Aun cuando no lo parece, la razón me hace pensar que apenas son unos segundos, en los que no veo mi vida pasar ante mis ojos, ni veo luces al final de un largo túnel, ni veo mi cuerpo derribado y desde arriba. Tan solo siento un libertad indescriptible, siento que la piel ya no es frontera y que el universo y yo somos uno, que soy energía liberada imposible de contener y que por fin, mi sueño se ha cumplido, porque irónicamente, nunca me he sentido tan vivo como en este mismo instante…

FIN.

JÚPITER CRECIENTE. [Parte quinta]

Jupiter Rising 5

No sabría decir a ciencia cierta lo que ocurrió después, el vehículo dio varias vueltas de campana, las ventanas laterales y la luna trasera estallaron lanzando cristales en todas direcciones, en lo que dura un pestañeo pude ver como todo cuando guardábamos en el maletero salía despedido por los aires, fue entonces cuando recibí un golpe en la cabeza.

Cuando abrí los ojos de nuevo tenía frente a mí a mi padre, gritando mi nombre y sacudiéndome enérgicamente para que despertara, tardé un par de segundos en reaccionar, mis movimientos eran lentos y torpes, pero un silbido me despertó definitivamente, un proyectil acababa de pasar a escasos metros de nuestra posición.

-¡Vamos Sebástian, tenemos que huir!

Salí aprisa del coche y di bandazos durante los primeros pasos pero cuando un aluvión de adrenalina inundó mi torrente sanguíneo, recuperé el equilibrio, mi vista se aclaró y mi corazón empezó a latir vigorosamente.

Apenas me detuve a pensar, mi madre corría alejándose de la calzada con Vera en brazos y mi padre y yo las seguíamos a través de una empinada loma coronada por un bosque plantado. Cuando me vi capaz de hacerlo torcí la mirada, pude ver dos focos de luz que corrían en nuestra dirección, agitándose de un lado al otro rápidamente, el coche estaba a un lado de la carretera completamente destrozado.

Bajo aquella oscuridad era imposible discernir qué había pasado, mi padre me diría después que una cadena situada de lado a lado del asfalto y equipada probablemente con un mecanismo similar al de un anzuelo había arrancado el eje delantero del coche y al tensarse esta debido a la inercia, el vehículo se habría elevado hasta volcar.

Nunca vería a aquellos dos hombres que nos perseguían con linternas, aunque aún hoy me arrepiento de actuar como lo hice. Nunca sabré si buscaban apropiarse de nuestros recursos o simplemente acabar con todo el que pasara, no sé si eran soldados o civiles armados, tampoco vería jamás su rostro, lo que sé es que uno de ellos se detuvo, elevó su linterna en dirección a la loma y abrió fuego.

Una ráfaga de balas cruzó varios metros por delante de mi posición y la de mi padre, cada impacto sacudió el suelo levantando una fina capa de polvo y tierra, aún no se había disipado ésta cuando mi madre cayó al suelo.

El tiempo se detuvo, la luz dejó de enfocar la escena y todo quedó de nuevo a oscuras, el eco de los gritos de mi padre taladró mis tímpanos, yo no era capaz de articular sonido alguno.

Si hay una imagen que a lo largo de estos 3 interminables años me persiga más que ninguna otra en mis pesadillas fue el rostro de Vera en el mismo instante en que mi padre se arrodilló ante su mujer. No sabría cómo definir el pánico, la confusión, la rabia que había en los ojos de mi hermana, tenía el rostro desencajado, a punto de estallar, su inocencia había muerto con aquel disparo.

Mi padre giró violentamente el cuerpo de mi madre, tenía dos impactos de bala en el pecho, pero la sangre ya no brotaba. Con sus ojos caoba abiertos de par en par, mirando a ninguna parte y sus mejillas aun rosadas y cálidas, parecía estar petrificada pero llena de vida.

Pero no era así, mi madre había muerto en el acto, sin palabras o besos de despedida, sin saber hasta qué punto la quería, sin abrazar al hombre de su vida ni dar a Vera su último consejo, simplemente se había ido, en una fracción de segundo, mi madre había dejado de existir.

Sólo Dios sabe la ira que fui capaz de contener en mi interior durante esos instantes, porque ni siquiera yo sería capaz de imaginarla hoy, un calor tan intenso que oprimía mi pecho como una presa a punto de estallar y si mi padre no hubiera aplacado tal fuerza y hubiese tenido tan sólo un segundo más para pensar, me habría lanzado en la dirección opuesta, hacia una muerte segura, sólo para saciar la intensa sed que había despertado en mí.

Corrimos al interior del bosque, sin mirar atrás, sin pensar, como autómatas, impulsados únicamente por el instinto de supervivencia, mí mente solo era capaz en aquellos momentos de coordinar mis dos piernas, todo lo demás era secundario. Pasados unos minutos, las luces dejaron de perseguirnos, reducimos el paso y cuando el sol empezó a arañar el horizonte nos detuvimos y soltamos todo lo que llevábamos dentro. Sólo en aquel momento, cuando fuimos por primera vez conscientes pudimos llorar.

Un viaje de dos días a pie nos llevaría de vuelta a la playa en la que estoy ahora. En ella pasaríamos dos años y medio, sobreviviendo a base de pescado, frutas, hortalizas y el agua de las precipitaciones. La muerte de mi madre marcó un antes y un después, nada fue igual desde entonces, mi hermana no haría uso de su voz nunca más, y mi padre se volvió distante y frío. La vida, quizás ya no monótona ahora, seguía siendo mecánica, no había motivo alguno para despertar al día siguiente, pero aun así lo hacíamos.

Salvo las tormentas, nada perturbó nuestra existencia durante estos dos años y medio, ningún otro ser humano visitaría esta playa, se había convertido en el refugio perfecto, pero sin mi madre, no era más que una prisión en medio de ninguna parte y yo un condenado deseando que mi hora llegase.

Mi verdugo era ya una colosal esfera roja en el firmamento, tan enorme que apenas había espacio en el cielo para el brillo de las estrellas. El sol se había puesto hacía ya veintidós horas y la temperatura había caído por debajo de los cero grados.

Hoy es el primer día de “la última semana”, aunque estaba seguro de que no viviría los siete restantes.

JÚPITER CRECIENTE. [Parte cuarta]

Jupiter Rising 4

Se hizo un silencio sepulcral, los pasos cesaron, mi madre apretó con fuerza mi mano hasta hacerme daño. Mi corazón se aceleró por primera vez, cuando la embestida del ariete parecía inminente, un grito de mujer rompió el silencio. Era la voz de Ángela, una joven de unos 28 años, madre soltera, que se había independizado recientemente de sus padres y vivía en la casa contigua. Una mujer jovial y siempre sonriente. En el poco tiempo que llevaba viviendo en el bloque había trabado una buena relación con ella y tan solo fruto de las pocas veces que nos cruzábamos en el ascensor o el portal.

Los gritos continuaron durante unos segundos, Ángela pedía clemencia, su voz era desgarradora y provocaba en mí una mezcla de terror e impotencia. No se oyeron disparos, tampoco gritos de los soldados o golpes, tras unos segundos simplemente su voz se apagó. Solté la mano de mi madre que intentó sin éxito agarrarme de la manga de la camisa, mi padre susurró mi nombre, pero no me detuve, me apoyé sobre el aparador y observe la escena a través de la mirilla. Dos de los soldados cargaban el cuerpo de Ángela, no pude ver heridas ni sus ropas estaban manchadas de sangre, su melena color miel le tapaba el rostro, no se movía lo más mínimo, si no estaba muerta, estaba al menos inconsciente.

Nadie sabía que Ángela seguía viviendo pared con pared, supongo que al igual que nosotros, ella también se encerró en su casa, de haberlo sabido habríamos colaborado con ella, aun cuando su bebé podría haber sido una carga. De haberlo hecho, sería nuestra puerta la que hubieran derribado.

Se llevaron a Ángela y se fueron, nada ocurrió después, los pasos se alejaron y el sonido de los blindados inundó la avenida de nuevo, mi madre rompió a llorar. Ignoro si se fueron porque Ángela era lo que estaban buscando o estaban satisfechos con el botín de guerra, tampoco quería saberlo.

Ninguno de nosotros durmió esa madrugada, pasamos la noche en el salón, despiertos, esperando a que los soldados volvieran, pero no lo hicieron. No hablamos de lo ocurrido en ningún momento, pero sabíamos que seguir en la ciudad no era seguro, necesitábamos huir de los grandes núcleos de población y por suerte sabíamos cómo hacerlo.

Esperamos 24 horas, preparamos todos los víveres que pudimos y salimos en cuanto se puso el sol en dirección a la costa, donde teníamos una preciosa casa junto a la playa en la que veraneábamos y que mi madre heredó cuando el abuelo murió.

Al salir cogí una de las linternas y apunté en dirección a la casa de Ángela, la puerta entreabierta mostraba un enorme agujero donde antes estaba la cerradura. Desatendiendo las advertencias de mi padre entré en su interior. Esperaba encontrármela desordenada, pero no fue así, la casa estaba como si nada hubiera ocurrido. Solo una de las puertas del pasillo estaba abierta, era la habitación de Ángela. Las sábanas estaban en el suelo y el colchón fuera de lugar, había restos de sangre seca en la esquina de la cómoda, quizás forcejeando o tratando de huir Ángela se golpeó con ella y quedó inconsciente. Al fondo de la habitación, junto a la ventana, estaba la cuna de su hijo. Tragué saliva y me acerqué.

Una manta de terciopelo azul y una almohada blanda ocultaban un pequeño bulto. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y extendí la mano temblorosa hasta la almohada, no quería ver lo que se ocultaba tras ella, pero una fuerza irrefrenable me empujaba a hacerlo. Agarré la almohada y me decidí a retirarla cuando de pronto, algo me rozo la piel y me heló la sangre, el corazón me dio un vuelco.

-No lo hagas, vámonos.

Hice caso de mi padre, que había agarrado con fuerza mi brazo y solté la almohada, me separé de la cuna y me fui junto a él. La incertidumbre es a veces mejor que la verdad, pensé.

Salir de la ciudad fue fácil, incluso cuando en algunas calles habían situado barricadas, nadie las defendía y podían rodearse. Avanzábamos muy lentamente, con las luces apagadas, más pendientes de cualquier sonido que pudiéramos escuchar que de los obstáculos del asfalto, si veíamos una fuente de luz, ya fuese eléctrica o fruto del fuego, tomábamos la dirección opuesta. Descendimos hasta los suburbios, donde sabíamos que habría menor resistencia y conseguimos llegar a la autopista.

Aun cuando acelerar era más seguro aquí y podíamos encender los faros del coche, no podíamos movernos a gran velocidad, algunos vehículos descansaban en medio del paso, probablemente por haberse quedado sin combustible, otros se habían estrellado contra los muros de hormigón de la mediana o los quitamiedos de la cuneta y había cristales y pequeñas piezas por toda la zona.

El viaje era de 200 kilómetros, y cuanto más lejos estábamos de la ciudad, más tranquilo se volvía el trayecto. Mi padre se confió y empujó con más fuerza el acelerador, estábamos en medio de ninguna parte, era poco probable que encontrásemos oposición, pero nos equivocamos.

Todo ocurrió en décimas de segundos, un fuerte golpe sacudió el vehículo que se elevó en primera instancia para caer después con fuerza sobre el eje delantero, empezaron a brotar chispas a ambos lados y el coche volvió a elevarse, esta vez por su parte trasera y con mayor violencia, mi padre perdió totalmente el control.

JÚPITER CRECIENTE. [Parte tercera]

Jupiter Rising 3

Ya no podía escucharse el fluir de los automóviles por las noches y las apagadas voces de los viandantes que recorrían de madrugada las aceras, el silencio reinó durante las primeras semanas hasta que las sirenas, los disparos, los cristales rotos, y los gritos lo rompieron, todo ello formaba una siniestra orquesta a la que no tardé en acostumbrarme.

El peor de los escenarios se hizo real tras el primer mes. Júpiter había dejado clara su trayectoria con tan solo un margen de error del 1%, impactaría la Tierra en aproximadamente tres años.

La televisión mostró una simulación macabra y morbosa, con todo lujo de detalles. Júpiter nos arrebataría la luna en primer lugar, atrayéndola bajo su manto; lenta pero irremediablemente frenaría los movimientos de rotación y traslación terrestres hasta detenerlos, los días y las noches serían más largos, las estaciones desaparecerían, las diferencias de temperatura darían lugar a tormentas nunca vistas y al final, en lo que no tardaron en llamar “la última semana” la gravedad del titánico planeta absorbería nuestra atmósfera y sus fuerzas de marea desmembrarían el planeta en migajas, como quien aplasta entre sus manos una galleta, la roca fundida del corazón terrestre brotaría como sangre a través de sus heridas.

Lo inevitable no tardó en llegar, el futuro de la raza humana estaba escrito y al igual que a un enfermo terminal, el universo nos dio un escueto margen: tres años. Tres años sin las responsabilidades de nuestra anterior vida, tres años de entera libertad, sin nada que perder, tres años en los que, como individuos, hubiéramos corregido errores del pasado, cumplido sueños que habíamos pospuesto o compartido con nuestros seres queridos lo poco que quedara, pero como sociedad, elegimos la violencia, el odio, el caos. Júpiter ya había logrado algo que la televisión no había simulado, había roto las cadenas del hombre, liberado su animal interior, había mostrado que nuestra realidad no era más que una fachada, porque, ¿de qué sirve la civilización, si no queremos ser civilizados?

Muchos siguieron los pasos de mi madre, llenaron de comida sus despensas, la gente empezó a abandonar sus puestos de trabajo y la falta de producción unida a la ingente demanda desembocó en una crisis de recursos y está en violentos saqueos.

¿Dónde estaban los ricos y poderosos, ahora que habían descubierto que su dinero no era comestible? ¿En qué profundo bunker o apartada isla iban a refugiarse? ¿De qué les servía ahora su poder cuando el planeta entero iba a, literalmente, evaporarse? No podía evitar sonreír frente a la idea de que sus risas serían ahora sudores fríos al verse más vulnerables que nadie.

El gobierno actuó declarando el estado de sitio, los militares tomaron las ciudades y durante un tiempo, la violencia cesó, pero los fallos en el suministro eléctrico y las comunicaciones dejaron ciudades enteras aisladas y con ellas a pequeños núcleos o células militares que empezaron a actuar de manera independiente.

La jerarquía militar dejó pronto de ser ley, los galones y medallas se transformaron en meros adornos, los motines se convirtieron en algo común, constante, el hombre más fuerte se convertía en líder, hasta que otro le sustituía. La labor de controlar al vulgo había mutado en una misión de supervivencia.

Nuestra casa se convirtió en una fortaleza de la que nunca salíamos, mis padres apenas miraban a través de las ventanas e impedían que mi hermana lo hiciera, querían mantenerse lo más ajenos posible a la anarquía que regía las calles. Aquellas paredes de cemento y los víveres que habíamos acumulado nos daban una falsa sensación de seguridad, hasta que una noche, todo aquello cambió.

El sonido de unos carros blindados nos despertó en mitad de las tinieblas, a través de la ventana pude ver, gracias a la luz de sus linternas, como cinco hombres armados y uniformados entraban en nuestro edificio.

Mi madre susurraba nuestros nombres desde el pasillo y agitaba su linterna para que pudiéramos verla. Nos reunió a todos en el salón, mi padre colocó de la forma más silenciosa posible el aparador del hall contra la puerta principal y allí permanecimos, abrazados, en el suelo, con la única luz de una linterna y relajando nuestra respiración para escuchar hasta el más leve susurro al otro lado de las paredes.

Los pasos sonaban cada vez más cercanos, una columna de hombres ascendía por las escaleras. Cada un período de tiempo regular podía oírse fuertes golpes que retumbaban a través del rellano, era el sonido de los arietes destrozando cada cerradura que los militares hallaban a su paso.

Mi madre trataba de calmar a Vera con una vieja nana que solía cantarme también a mi cuando tenía su edad, la pobre no dejaba de tiritar en sus brazos. El tiempo transcurría, cada segundo hacia la situación más angustiosa, los sonidos estaban ya al otro lado de la puerta y la luz de las linternas se colaba por debajo de esta.

Un estruendo sacudió el edificio, y mi hermana no puedo evitar que un grito sordo escapara por su garganta, instintivamente mi madre colocó su mano sobre los labios de Vera sellándolos, pero era demasiado tarde, en el exterior, uno de los soldados había percibido nuestra presencia…